Chávez: Un hombre, en fin

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Hay hombres que parecen ser invencibles, aún frente a la misma muerte. Hugo Chávez lo era para mí.

A mis ojos, era un hombre que parecía saber lo que quería y hacer lo que quería. Resoluto. Obstinado. Osado hasta lo que muchos considerarían rozar—no rozar, pisotear la insensatez. Un hombre de bríos propios. Pero, un hombre, en fin.

No soy socialista ni comunista, pero sí entendía su posición, aunque no la compartía en su mayoría. Y lo respetaba. No porque estuviera de acuerdo con toda su ideología, sino porque veía en él a un hombre sin necesidad de lenguaje presuntuoso, con una columna de acero y creencias invariables.

De personas volátiles está atiborrada la política. 

Quizás por eso la muerte de tanto poder y determinación me tomó desprevenida, aunque ninguna muerte debería. Quizás su muerte abrió mis ojos a la escasez de hombres [y políticos]  de convicción.

No intento justificarlo. No estuve de acuerdo con muchas de sus acciones.

No intento idealizarlo, pues era un hombre, en fin.

Sólo intento decir que dentro de todo lo que creemos conocer y entender sobre Chávez, quizás sí haya qué copiar de él.

Sólo intento decir que definitivamente me parece poco ético y cruel burlarse de su muerte o celebrar su “derrota”.

Por más indomable, decidido y fuerte que pareciera, Chávez era tan solo un hombre, en fin.

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