Mi Vergonzosa Confesión

Todos hacemos cosas y actuamos en maneras vergonzosas. Hace un año, algo pasó que me hizo sentir avergonzada de mí misma, pero Dios lo usó para enseñarme una valiosa lección. Mi columna fue publicada en RejectApathy.com [en inglés].

Aquí está el artículo en español:

Cuidando de tu Vecino Intruso
El limpiaparabrisas de mi carro iba de un lado a otro, evitando que la lluvia bloqueara mi vista. No es que yo necesitaba una visión clara en ese momento; estaba sentada dentro de un carro parqueado, rayos tenues de luz provenientes de un restaurante de comida rápida entraban al interior. Mi hermana terminaría su clase de la universidad, entraría al carro y estaría de camino a casa conmigo en cualquier momento, sólo estaba esperando que el cualquier momento llegara. 
Apagué el motor y apagué las luces para disfrazarme en la oscuridad de la noche–tal vez nadie se daría cuenta de que estaba adentro. Esperé y esperé, mirando por la ventana para entretenerme,vi una escena común en mi país, la República Dominicana: dos niños jugando en la acera, bajo la lluvia, solos. Hacía frío–me pregunté si les daría gripe.
Los niños eran haitianos, me di cuenta por sus rasgos faciales. Cualquier persona de mi país podría reconocerlos–viven justo al lado, son el objeto de nuestro rechazo, se están apoderando de nuestro país–y este es el miedo más grande de los dominicanos. Tratamos de contrarrestar esto siendo tan apáticos a los haitianos como sea posible–a pesar de que este es un problema que no puede ignorarse fácilmente.
Es un problema que tiene sus orígenes en el siglo XVII, cuando la República Dominicana y Haití fueron colonias bajo el dominio de las potencias enemigas de España y Francia, respectivamente. Es una división provocada por el deseo de nuestros padres fundadores de ser un país libre de todo dominio extranjero, especialmente de las invasiones bajo las que estaba nuestro país en el momento de nuestra independencia en 1844–que tenían la esperanza de unir la isla bajo el dominio haitiano. Es un rechazo impulsado por ideologías anti-haitianas difundidas por el gobierno de Trujillo, y que incluso llevaron al tirano a efectuar crueles e injustificadas masacres contra miles de haitianos. Pero en última instancia, se trata de una separación intensificada por las diferencias culturales, raciales, religiosas e ideológicas intrínsecas a ambos países.

Photo Credit: callandresponse.com

Esa noche, mi mejor intento de pasar desapercibida fue en vano. De alguna manera, mientras jugaban, los niños se dieron cuenta de que estaba en el carro y empezaron a pedirme dinero con las palmas de sus manos hacia arriba. Yo había visto esta escena una y otra vez en Santo Domingo–mendigos haitianos pidiendo dinero en las calles, niños haitianos limpiando parabrisas por unas monedas. La repetición de este escenario había endurecido mi corazón. Sentía que tenía el derecho de hacer lo que quisiera en el país que ellos habían llegado a invadir–el país al que yo pertenezco.
Negué con la cabeza sin pensarlo dos veces, es lo que solía hacer. Eso es lo que todo dominicano hace la mayoría de las veces. Yo me había escudado tras el hecho de que en realidad no necesitaba que limpiaran mi parabrisas, por lo tanto, no tenía la obligación de darles dinero tampoco. Pero los niños insistieron. El más joven de los dos se acercó a mi carro, pegando su carita en mi ventana, sus ojos explorando el interior hasta que su mirada se encontró con una botella de agua casi vacía.
Como si hubiera acabado de descubrir un tesoro, sus ojos se abrieron y se iluminaron. Su dedo índice señaló con entusiasmo a la botella, mientras que escuché “agua, agua, agua” en su voz infantil–irónico, pues había estado lloviendo agua. Cedí. No pensando beber lo que quedaba en la botella de todos modos. Así que bajé la ventana y le entregué su tesoro, un tesoro que parecía casi inútil para mí.
Él agarró la botella con fuerza, como si no quisiera que se le escapara. El niño mayor que esperaba pacientemente en la acera también estaba muy emocionado por el tesoro que su joven amigo había encontrado. Tan pronto como el más joven se le unió, le pidió un trago del agua. Yo miraba desde el carro mientras hacían su festín con el agua.
Y luego, sucedió lo más inesperado, algo que nunca olvidaré, algo que me hace llorar cada vez, aún mientras escribo este artículo un año después. El niño mayor detuvo su celebración por un momento y se volvió hacia mí. Con una sonrisa en su rostro, hizo un gesto con la mano y dijo: “Gracias.” Yo no pude oír su voz, pero leí esa simple palabra pronunciada por sus labios, leí agradecimiento escrito por toda su cara. Los niños se fueron y me dejaron sola otra vez, pero ellos no saben lo mucho de ellos que dejaron en mí.
Todavía en el carro, empecé a repetir el momento en mi mente. Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos como un diluvio, y sentí que mi corazón se encogía, se escondía en algún lugar adentro, avergonzado. Por un lado, me sentí feliz porque la poca agua que les di fue tan valiosa para ellos. Me hizo desear haber bebido menos para tener más agua que dar. Pero al mismo tiempo, esta sensación de alegría era fuertemente eclipsada por la tristeza y la vergüenza. Me entristeció su condición, y sentí vergüenza, no porque el gobierno o el pueblo permite que ellos vivan en esas condiciones, sino porque yo nunca he hecho nada para cambiarlo, y lo poco que podía hacer, no lo hice. Me sentí avergonzada, porque ellos me habían agradecido de todo corazón por un tesoro que les había dado sin una pizca de amor.
Mi regalo negligente significó el mundo para ellos. Y me di cuenta de lo bendecida que soy de tener todas las cosas que necesito, y lo egoísta que he sido de querer quedarme con todas esas bendiciones para mí sola. Me di cuenta de que dar dinero a los pobres no me hará más pobre. Me di cuenta de que el servicio y la compasión no requieren enormes cantidades de dinero o esfuerzo, o actividades que requieren planificación por un año, o comunidades en lugares lejanos. La mayoría de las veces, el servicio y la compasión se ejercen en la vida diaria, en las formas más sencillas, y con la gente que está más cerca–mis vecinos. Ser compasivo es difícil cuando tu vecino también podría ser considerado un intruso, pero estos actos de bondad son la expresión más pura de servicio y amor a Jesús.
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7 responses to “Mi Vergonzosa Confesión

  1. Dice la biblia que de la manera en que mas nos parecemos a Cristo es cuando servimos, porque el siendo igual a Dios se hizo siervo. En la Biblia dice: (Fil. 2:5-11) Jesús… siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo”.

    Tambien debemos pedirle a Dios esto que dice en su palabra: (Ezequiel 36:26‐27) Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”

    Muy buen articulo Lorena, Dios te bendiga :), creo que este articulo puede ser aún más hermoso si lo llevamos a la practica. Si no, son solo palabras y reflexiones vacias. Todos tenemos este reto y se que Dios nos prueba a diario para ver si verdaderamente amamos al projimo como a nosotros mismo.

  2. Pingback: 7 Razones para Amar Compassion | Lorena's Garden·

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