Yo había escuchado las noticias–el terremoto en Haití hace dos años y el año pasado en Japón. Fueron noticias impactantes, pero no creo haber entendido la magnitud del miedo y la desesperación. Mi país ha tenido muy pocos terremotos en mucho tiempo, y nunca había sentido ninguno.
Pero hace 2 días, estaba sentada en mi escritorio en el trabajo y sentí un ligero temblor. Miré a la pantalla de la computadora y sabía qué la hacía temblar. Mi corazón empezó a latir más rápido. Controlé mis ganas de salir corriendo como una lunática, y sólo esperé tensamente hasta que dejara de temblar. Mi primer terremoto … ni siquiera fue tan fuerte, pero fue lo suficientemente fuerte y largo como para asustarme.
Los terremotos están fuera de nuestro control, igual que los huracanes y la crisis financiera, pero no exactamente igual. Los huracanes nos producen miedo, pero si vivimos en una casa fuerte, vamos a estar bien. Pero los terremotos? No importa lo fuerte que nuestras casas sean, todavía no estamos seguros, nuestros hogares pueden ser sacudido al suelo o podemos tener un tsunami impredecible. Nadie está exento.
Admito que el terremoto me asustó, pero después de que todo pasó, me di cuenta de que era más como un llamado de atención. Puedo estar tan enredada en las cosas cotidianas (como el trabajo y la universidad y la vida en general) que a veces olvido que estas cosas pasarán. A veces, el fin del mundo parece mucho más lejano de lo que realmente está. Este terremoto me recordó que la vida que vivo y la tierra a la que nos aferramos con tanta fuerza un día dejarán de existir. Pero después de ese día, yo estaré en el cielo con mi Salvador para siempre.
Es un gran alivio el poder tener miedo un minuto, pero saber que todo va a estar bien al final, incluso si el terremoto es muy fuerte, incluso si mi casa se cae, y aunque yo muera. Yo no vivo para este mundo. Mi morada celestial me espera.
“Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”-Filipenses 1:21



