Llegué a casa después de un largo día de trabajo sólo para descubrir que no tenía las llaves de casa. Tendría que esperar por lo menos una hora antes de que alguien llegara.
Estaba frustrada y cansada, casi al borde de las lágrimas, porque yo no quería esperar afuera, y porque todo lo que había planeado hacer tendría que ser pospuesto.
Me senté en las frías escaleras y respiré hondo para tranquilizarme. Casi como una epifanía, me di cuenta de lo que olvido con frecuencia: incluso antes de salir del trabajo, Dios sabía que yo no tenía las llaves de mi casa y que tendría que esperar afuera por un rato.
Quizás esto era parte de Su plan para darme un descanso–un descanso de las preocupaciones de la vida cotidiana y de las excusas que yo daba para justificar el hecho de que no he estado pasando mucho tiempo con Él últimamente. Tal vez Él sabía que si no me obligaba a estar tranquila, sin computadora ni cualquier otra cosa en la que pudiera trabajar, entonces no habría tenido nuestra muy necesaria conversación (y yo soy la parte necesitada en la ecuación).
Me senté en las frías escaleras, pero ahora, estaba contenta. Estaba disfrutando cada segundo de este momento de ocio que tan desesperadamente necesitaba. Pero sobre todo, aproveché este momento de tranquila soledad, de ninguna responsabilidad que me distrajera, para orar a mi Dios.
Él sabía, mejor que yo, que realmente necesitaba quedarme afuera sin llaves.
“Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien [...]” -Romanos 8:28




